Las luces se apagan y comienza el espectáculo. Se vislumbran las siluetas de los músicos entre el leve resplandor azul del escenario. Uno, dos... hasta nueve se pueden contar. Casi sin darnos cuenta entra en escena la Dama, regalando una mirada a cada uno de sus compañeros. Sus pupilas trasmiten serenidad y confianza, un mensaje entre líneas de complicidad: "toca mi música, acompáñame en este viaje". Las cálidas luces ámbar nos dirigen la vista al arpa entre sus cabellos dorados. Las yemas de sus dedos comienzan a moverse, las primeras notas nos erizan la piel... pero su canto nos inmoviliza de pies a cabeza y nos eleva a la bóveda del auditorio. Varios temas se suceden hasta que la Dama por fin nos dedica unas palabras, una presentación de sus compañeros y una breve introducción a lo que es su música. "Ya la conocemos"-pensamos. Estábamos equivocados. A partir de ahí, su voz, su música, sus breves monólogos, momentos que nos hacen reir y bailar sobre el asiento, y otros que nos hacen llorar. Tres bises que podrían haber sido treinta. Todos estábamos entregados. El auditorio vibraba por el pataleo y la ovación del público, que pedía oírte una vez más, verte una vez más, poder disfrutar de tu presencia una vez más. Todo esto consigues. Transmites un sentimiento inigualable, que va más allá de idiomas o fronteras. Es mucho más que música.